Dibujar (por José Antonio Marina)

«Confieso mi pasión por el dibujo. Me parece maravilloso que con elementos tan simples como un lápiz y un papel se puedan conseguir obras de arte maravillosas. Pero hoy no pretendo hacer un elogio, sino darles un consejo: Dibujen. Ya sé lo que me van a decir: “Es que no sé dibujar”. Es curioso que un niño nunca diga eso. Los niños, a la menor invitación, se lanzan alegremente a emborronar un folio. Y disfrutan… como niños. A los mayores nos entra una timidez perezosa. Tememos hacer el ridículo, parecer infantiles, y cosas así. No hagan ni caso a esas preocupaciones. No les animo a que dibujen porque piensen que van a conseguir obras para colgar de su habitación, sino para una cosa más importante. El mundo les va a parecer más atractivo. ¡Milagros de la inteligencia humana! Se lo voy a explicar. Podemos mirar lo que tenemos alrededor de dos maneras. Una, guiados por un proyecto. Otra, sin proyecto alguno. Si se me han extraviado las gafas, las busco. Es decir, miro con un proyecto. Cuando un ca­zador pasea por el campo, se fija en las huellas de sus presas, porque quiere cazar. Cuando un jardinero vigila sus plantas se fija en el color y tersura de las hojas, en la humedad de la tierra, porque disfruta teniendo un jardín bonito. Estos son sus proyectos, que hacen a la realidad interesante. Cuando no tenemos ninguno, nuestra visión de la realidad es pasiva, rutinaria, y claro está, nos aburrimos. El aburrimiento no está tanto en las cosas como en nuestra forma de mirarlas. “¡Ojalá pudiera mirarlas con interés!”, me dirá alguno de ustedes. Ya sé que a veces es difícil, pero les proporciono un pro­cedimiento infalible. Intenten dibujarlas. Mire una cosa con el proyecto, con la intención de representarla en un papel.

A mis alumnos suelo ponerles un ejercicio. “Coged una hoja de un periódico. Arrugadla como si fuerais a tirarla a la papelera, pero no lo hagáis. Ponedla encima de la mesa, delante de vosotros, e intentad dibujarla”. ¿Por qué no lo hace usted también? Es un experimento sencillo. Algo tan insignificante, tan falto de atractivo, como una bola de papel se convierte entonces en un pai­saje muy complicado, hay crestas, valles, cuevas, perfiles quebrados. Dibujar es descubrir las lineas que definen las cosas. Eso es lo importante. Representarlas después en el papel es secundario. Lo decisivo es saber mirar, fijarse en esas formas que de puro acostumbradas ya no vemos. Miren con detenimiento un vaso, una taza, los anillos del borde, el círculo del plato, la rotunda curva del asa. O miren una flor, o su mano. Betty Edwards, una famosa profesora de dibujo, recomendaba un méto­do curioso. Coja un dibujo, póngale delante de usted al revés, e intente copiarlo. La impresión es curiosa, porque tenemos que hacerlo de una forma muy elemental, sin darnos casi cuenta de lo que estamos dibujando, pero los resultados son muy llamativos.

Del dibujo se saca otro beneficio. Es el gran edu­cador de la atención. Exige que nos fijemos mucho y además nos proporciona una meta que alcanzar, lo que siempre es un gran estímulo. Vamos a hacerlo y vamos a intentar hacerlo un poco mejor que ayer. Vincent van Gogh, uno de los pintores más conmovedo­res del siglo pasado, no sabía dibujar y, sin embargo, escribía entusiasmado a su hermano: “En todos los rincones veo objetos maravillosos. Voy a dibujarlos. Lo haré una vez, y si no lo consigo, lo haré diez o cien veces. Pero la belleza de lo que veo quedará apresada en el papel”. ¿Por qué no siguen mi consejo y, ahora mismo, dejan la revista, buscan un lápiz y un papel y se ponen a dibujar lo que sea?»

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Ponencia del autor:

La voz perdida del poeta

Ninguna grabación, ningún registro. Desde la muerte de Federico García Lorca, su voz es uno de los grandes enigmas entorno a su figura. ¿Volveremos a escucharle?

La Barraca

La noche del 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue sacado de la celda donde se hallaba detenido y, junto a un maestro de escuela y dos banderilleros anarquistas, fue conducido hasta un tramo incierto del camino que une Víznar y Alfacar, en el sureste de Andalucía. Hacía un mes apenas desde que había estallado la Guerra Civil y los sublevados contra la II República habían tomado la ciudad de Granada. La represión fue brutal e inmediata. El delito de Lorca era –según sus verdugos– el de ser rojo.
Esa madrugada de Agosto, bajo el claro de luna, el poeta fue asesinado. Desde entonces nadie ha vuelto a escuchar su voz. No se ha podido encontrar ninguna grabación que muestre cómo hablaba el autor del Romancero Gitano. Nada. Ni un hilo de audio. Ni un ligero chasquido. Ni un ápice de luz. “Es un misterio”, dice Ian Gibson, reconocido biógrafo de Lorca.“Era, de todos los poetas de su generación, el que más disfrutaba recitando sus poemas. Sus amigos me contaron que nunca habían conocido un fenómenocomparable”, asegura.

De todos los interrogantes que rodean la figura de García Lorca, esta es sin duda una de las más
llamativas. Hay fotografías, vídeos mudos, cartas, manuscritos, incluso un álbum sonoro en el que se le escucha tocar el piano mientras Encarnación López Júlvez, La Argentinita, canta unas canciones populares españolas. Pero no hay ni el más mínimo rastro de la voz del poeta. “La ausencia de su voz ha dejado un gran vacío”, dice Laura García-Lorca de los Ríos, sobrina del autor y presidenta de la Fundación que lleva su nombre, a lo que añade: “Es algo que nos ha marcado mucho a sus familiares. Siempre hemos sentido que es algo que nos han arrebatado».

La búsqueda

¿Es posible que exista alguna grabación desconocida con la voz de Federico? Y si es así, ¿dónde podría encontrarse? Han surgido rumores a través de los años, historias de cintas en archivos privados, leyendas… “Que no conozcamos ningún registro sonoro de la voz de Lorca no signifca que no lo haya”, advierte Marisa Martínez Pérsico, investigadora y profesora de
Literatura de la Università degli Studi Guglielmo Marconi, en Roma. No es la única que lo piensa. “Sigo creyendo –confesa Ian Gibson– que un día alguien encontrará la voz, tal vez en un disco sin etiqueta olvidado en algún sótano porteño”.

Es posible. García Lorca vivió en Buenos Aires entre octubre de 1933 y marzo de 1934, y allí
fue tratado como una celebridad. Con cierta frecuencia pasó por los micrófonos de algunas
de las principales radios argentinas. El autor de Poeta en Nueva York pudo haber dejado alguna
huella de su voz en ellas, o en las de Estados Unidos, Cuba y Uruguay En España, según el periodista y escritor granadino Juan Luis Tapia, en la época, “no se solían grabar ese tipo de interpretaciones”. Sí existía el Museo de la Voz, que grababa voces de diferentes personajes, pero como comenta el escritor, “la fatalidad y las casualidades lorquianas hicieron que él no acudiera a las citas que tuvo para grabar la suya. Las posibilidades de encontrar un registro sonoro de la voz de García Lorca son mayores en Argentina y Nueva York, donde las emisoras de radio ya disponían tanto de grabadoras Edison, como de cintas de alambre”.

En Nueva York, asegura Tapia, el poeta ofreció varios recitales en casas de familias locales y,dado el estatus económico de sus anftriones, no sería extraño que lo grabaran. En Estados Unidos se ha indagado poco. A Buenos Aires, en cambio, han viajado numerosos investigadores,
entre ellos, el propio periodista granadino, que decidió trasladarse hasta allí para realizar sus pesquisas, pero que, al cabo de un tiempo, tuvo que desistir ante la falta de ayuda institucional a la que se vio enfrentado. El experto afrma que la búsqueda es compleja por el volumen y el estado de los archivos que hay que revisar. “Quizá el registro sonoro de la voz de García
Lorca se encuentre perdido entre centenares de cintas idénticas sin clasifcar”, explica.
Por su lado, la profesora de literatura Marisa Martínez Pérsico también recorrió la capital
argentina y la uruguaya en busca de alguna grabación. Después de comprobar por sí misma
la magnitud del desafío, asegura estar “convencida de que no se darán pasos adelante si no
existen verdaderas sinergias institucionales y gubernamentales, un proyecto internacional de
envergadura”. No obstante, el mar de archivos sin catalogar y la falta de recursos humanos y
materiales no son los únicos problemas que preocupan a los investigadores. Hay otra cuestión todavía más acuciante: cada vez quedan menos personas que hayan conocido en persona a García Lorca. ¿Qué pasará cuando muera la última de ellas? ¿Cómo podremos certifcar entonces la autenticidad de la voz del poeta? ¿Quién podrá alertarnos ante cualquier impostura?

El peso de su voz

“Me produce una sensación terrible no poder escuchar su voz”, confesa Ian Gibson. “No
quiero morirme sin oírla. Si se descubre, será un hallazgo comparable al de la tumba de Tutankamón por Howard Carter”, afrma. Dice Laura García-Lorca que, a pesar de que es mucho lo que se sabe de Federico, encontrar su voz ayudaría a conocerlo mejor: “La voz –su timbre, su tono– te acerca a la persona. Escucharla tendría un valor emocional muy importante”. ¿Volverá
algún día el poeta a cortar el aire con sus palabras a través de una cinta polvorienta? Quién sabe. El tiempo lo dirá. Lo único cierto es que hace ya casi ochenta años que nadie escucha
a Federico. Su voz muda recorre su obra y, a veces, da la sensación de querer salirse del papel y hacerse física. Encontrarla, sacarla de nuevo a la luz, tal vez ayude a cerrar su herida.

Alejandro González Luna

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